¡No
es emocionante el ajedrez!
En el tablero
de marfíl, donde se enfrentaban los dos colores opuestos, él
ocupaba su posición.
Las reglas habían establecido de antiguo su lugar: frente a la
torre, en primera línea de infantería.
Nunca
había hablado con la torre. Aquella fortaleza inescrutable se
pasaba la partida pendiente del rey y del momento culminante en que
debía protegerlo de los ataques del ejército enemigo.
Entonces cambiaba su puesto por el de su majestad, practicando una sútil
maniobra digna del mejor estratega, llamada enroque. (De ahí
el viejo nombre de Roque que figuraba en sus blasones).
De todos
es sabido que la caballería y la infantería nunca se han
llevado bien. Esta era la razón por la que tampoco cambiaba muchas
palabras con el caballo, al que miraba de reojo.
Los caballeros
de la orden del alfíl, los más cercanos a la dama y a
su soberano, siempre ostentaban ese gesto grave de Ministro de la Iglesia,
así que tampoco tenía mucho que ver con ellos.
Y era
evidente que con la realeza no se trataba o, mejor dicho, eran ellos
los que no se relacionaban con un peón bajito y cabezón,
sin ninguna importancia táctica.
¡Si
por lo menos fuera el peón de rey, decisivo a veces en el jaque
mate!. Jamás habia abierto una partida, y en contadas ocasiones
había pasado a presentar batalla. Nunca había llegado
hasta el final del combate, y tampoco había sido condecorado
como su compañero, el peón de dama.
Como siempre,
era de los primeros en aterrizar en la caja de las piezas vencidas;
no podía seguir el rumbo de los acontecimientos, ni pensar en
las miles de secuencias de configuraciones de las huestes sobre el terreno
de juego (quiero decir, de fuego, porque en aquel tablero no sólo
se dirimía la oposición a la posición de cada pieza
en lucha, sino las diferentes pasiones que los delgados hilos de azar
tejían en torno a los particpantes de la batalla).
Sin ir
más lejos, recuerdo una vez en que al alfíl negro le destinaron
el centro del tablero junto a la dama blanca. No habría pasado
nada si la partida hubiese continuado su curso, pero esta se interrumpió
durante toda una semana. Cuando la contienda se reanudó, la dama
blanca estaba completamente enamorada del alfíl negro, presa
de tal frenesí, que el rey blanco tuvo que intervenir y sacrificar
a un pobre peón para hacer que la reyna regresara a su lado,
en la casilla contigua.
Como pasaba
siempre, la fiel infantería tenía todas las de perder.
Él
soñaba con encabezar una revuelta similar a la que habían
protagonizado sus camaradas de marinería, que una tarde se amotinaron
en medio del tablero azul intenso del juego de barcos. Pero ¿qué
podía hacer un pobre peón escaso y achaparrado?.
Una vez
su suerte cambió.
Fue a
media partida. La mayoria de sus compañeros habían sido
vencidos y retirados del campo de batalla, pero inexplicablemente él
continuaba allí. Su dama se había relegado, y el alfíl
que la protegía acababa de caer presa del enemigo.
El peón
de torre ya no tenía torre; desamparado en su línea solitaria,
ya casi no tenía nada: un caballo moribundo a punto de ser rematado
y otro peón más atrás, vencido.
Entonces
recordó una de las reglas aprendidas durante su férreo
entrenamiento: no retroceder nunca, pasara lo que pasase ir siempre
hacia delante, con valentía y decisión.
Escaque
a escaque, sin mirar atrás, se dirigió hacia las filas
enemigas. Varios peones contrarios intentaron sin éxito cerrarle
el paso. Él siguió caminando hasta que coronó la
octava casilla. Una vez allí le montaron en un caballo. Tuvo
que decidir en cuestión de segundos si acudía en auxilio
de su reina o plantaba cara al rey enemigo. Optó por esto último,
ya que la reina todavía podía resistir un par de embates
más.
Saltando
ahora veloz por encima de la superficie bicolor, llego presto junto
a un rey desafiante de ojos iracundos.
Se abalanzó
sobre él y le amenazó en su casilla. Acababa de darle
jaque mate.
Nunca
olvidaría los vitores de alegría de su ejercito, ni el
reconocimiento a su coraje por parte del enemigo; ni los calidos labios
de la reina sobre su frente, ni como ondeaban en su honor los estandartes
prendidos en las crines de los caballos y en lo alto de las torres.
Pero al
atardecer aquel campo de batalla donde cada cuadro era más blanco
y más negro que antes, había quedado desierto, y él
regresó a la caja con las demás piezas.
A la mañana
siguiente, volvería a ocupar su sitio frente a la torre, y quiza
en un primer momento quedaría fuera de combate. Pero ahora sabía
algo que antes ignoraba: una vez concluido el juego, y con independencia
del papel que les hubiera tocado jugar, el peón y el rey, como
todas las piezas del tablero, como todos los seres de este mundo, acabarían
volviendo juntos a la caja.
Publicado
en el libro HISTORIAS DE LA OTRA TIERRA por editorial Anaya, autora:
Paloma Orozco Amorós.